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• Miércoles, marzo 26th, 2008

Confirmado Científicamente “el amor es ciego”

Las últimas investigaciones sobre el funcionamiento del cerebro han revelado que las personas enamoradas pierden la capacidad de criticar a sus parejas, es decir, se vuelven incapaces de ver sus defectos, lo que viene a confirmar aquel popular refrán que asegura que “el amor es ciego”.

Al menos esto es lo que sucede en los casos de amor romántico o maternal, en los que se ha detectado que, ante determinados sentimientos, se activan las mismas regiones del cerebro, según explica a Efe la neurobióloga Mara Dierssen, investigadora del Centro de Regulación Genómica de Barcelona.

Lo más curioso del caso, sin embargo, es que, paralelamente a esta estimulación que se produce en las mismas regiones cerebrales, en ambos tipos de amor se “desactiva” la zona del cerebro encargada del juicio social y de la evaluación de las personas.

Se suprime, por tanto, la capacidad de criticar a los seres queridos, una situación que se reproduce tanto en humanos como en animales.

“Cuando nos enamoramos perdemos la capacidad de criticar a nuestra pareja, por lo que puede decirse que, en cierta manera, el amor es ciego” , señala Dierssen, que recientemente ha participado en Barcelona en un ciclo sobre “Amor, ciencia y sexo” .

Los estudios que desde hace varios años se llevan a cabo en humanos y ratones para conocer el complejo funcionamiento del cerebro están aportando datos tan novedosos como sorprendentes en el siempre estimulante terreno del amor.

Estos avances están ayudando, por ejemplo, a responder a preguntas tan básicas, pero también tan enigmáticas y sugestivas, como qué pasa en nuestro interior cuando nos enamoramos, qué sucede en el cerebro o por qué sentimos -o no- deseo sexual.

El diccionario de la Real Academia Española define el amor como “un sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser”.

Para Mara Dierssen, sin embargo, el amor es algo más simple: “Una adicción química entre dos personas”.

Dice esta investigadora que cuando existe enamoramiento de verdad se dan, en mayor o en menor medida, una serie de circunstancias comunes, como la atracción física, el apetito sexual o el afecto y el apego duradero.

Estos sentimientos desencadenan en nuestro interior un conjunto de alteraciones químicas que generan sustancias como la dopamina, responsable de la sensación de atracción, o la serotonina, implicada en los pensamientos obsesivos.

El análisis de estos aspectos, así como de la actividad cerebral, también ha permitido constatar que el cerebro de hombres y mujeres funciona de manera diferente en cuanto al amor se refiere y que cuestiones como los diferentes niveles de apetencia sexual tienen una explicación científica.

“Se ha descubierto que existen diferencias entre géneros, de manera que el hombre es más sexual, tiene un apetito sexual más constante, mientras que la mujer es más sensitiva” , explica Dierssen. Incluso la infidelidad afecta de manera diferente a unas y otras especies.

Se sabe, por ejemplo, que sólo el tres por ciento de los mamíferos son monógamos, como los ratones de la pradera, las orcas o el hombre, mientras que la gran mayoría son promiscuos. No obstante, advierte Dierssen, un experimento llevado a cabo en ratones de montaña, caracterizados por su gran promiscuidad, ha permitido comprobar que la monogamia animal es genética y que una simple manipulación de los genes de estos animales puede hacer que los machos sean fieles a su pareja.

El experimento, por el momento, no se ha efectuado en personas, aunque ha despertado un gran interés por el alcance que puede tener en las relaciones humanas, teniendo en cuenta que más del 15 por ciento de los españoles afirma haber sido infiel alguna vez en su vida, mientras que el 43 por ciento asegura haberlo deseado en algún momento (Con información de EFE).

Fuente: Machetearte

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Ahora una pequeña y popular historia al respecto

El amor es ciego…

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Cuentan que una vez se reunieron, en un lugar de la tierra, todos los sentimientos y las cualidades de los hombres.  Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura – como siempre tan loca – les propuso: “¡Vamos a jugar a las escondidas!”.   

La intriga levantó la ceja, intrigada, y la curiosidad, sin poder contenerse, preguntó “¿A las escondidas? ¿Y cómo es eso?”.  “Es un juego”, explicó la locura, “en que yo me tapo los ojos y comienzo a contar desde uno hasta un millón, mientras ustedes se esconden.  Cuando haya terminado de contar, el primero de ustedes al que encuentre, ocupará mi lugar para continuar el juego”. 

El entusiasmo bailó, secundado por la euforia;  la alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda, e incluso a la apatía, a la que nunca le interesaba nada.  Pero no todos quisieron participar.  La verdad prefirió no esconderse.  ¿Para qué?, si al final siempre la hallaban.  Y la soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo, lo que la molestaba era que la idea no hubiese salido de ella). 

Y la cobardía prefirió no arriesgarse. 

“Uno, dos, tres…”, comenzó a contar la locura.  La primera en esconderse fue la pereza, que, como siempre, se dejó caer tras la primera piedra del camino.  La fe subió al cielo, y la envidia se escondió tras la sombra del triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir hasta la copa del árbol más alto. 

La generosidad casi no alcanzaba a esconderse.  Cada sitio que hallaba le parecía maravilloso para alguno de sus amigos.  ¿Que si un lago cristalino?  Ideal para la belleza.  ¿Que si la hendidura de un árbol?  Perfecta para la timidez.  ¿Que si el vuelo de la mariposa?  Lo mejor para la voluptuosidad.  ¿Que si la ráfaga del viento? Magnífica para la  libertad.  Así terminó ocultándose tras un rayito de sol.  El egoísmo, en cambio, encontró un sitio muy bueno desde el principio.  Ventilado, cómodo… pero sólo para él. 

La mentira se escondió en el fondo de los océanos (¡mentira! en realidad se ocultó detrás del arcoiris); y la pasión y el deseo, en el centro de los volcanes.  El olvido… se me olvidó dónde se escondió… pero eso no es lo más importante. 

Cuando la locura contaba 999,999, el amor aún no había encontrado un sitio para esconderse, pues todo se encontraba ocupado… hasta que divisó un rosal y, enternecido, decidió esconderse entre sus flores. 

“¡Un millón!” – gritó la locura, y comenzó a buscar. Primero encontró a la pereza, a sólo tres pasos de una piedra.  Después escuchó a la fe, discutiendo con Dios en el cielo sobre zoología; a la pasión y el deseo los sintió en el vibrar de los volcanes.  En un descuido, encontró a la envidia y, claro, pudo deducir dónde estaba el triunfo…  Al egoísmo no tuvo ni que buscarlo: él solito salió disparado de su escondite ¡que había resultado ser un nido de avispas!.  De tanto caminar, sintió a la sed y, ya cerca del lago, descubrió a la belleza.  Y con la duda resultó más fácil todavía, pues la encontró sentada sobre una cerca, sin decidir todavía en qué lado esconderse. 

Así fue encontrando a todos.  Al talento, entre la hierba fresca; a la angustia, en una oscura cueva;  a la mentira, detrás del arcoiris… (¡mentira!, si ella estaba en el fondo del océano).  Y hasta al olvido… que ya se había olvidado que estaba jugando  a las escondidas, pero sólo el amor no aparecía por ningún sitio. 

La locura buscó detrás de cada árbol, en cada arroyuelo del planeta, en la cima de las montañas y, cuando estaba por darse por vencida, divisó un rosal.  Tomó una horquilla y comenzó a mover las ramas, cuando, de pronto, un doloroso grito se escuchó. 

Las espinas habían herido los ojos del amor.  La locura no sabía qué hacer para disculparse:  lloró, rogó, imploró, pidió perdón, y hasta prometió ser su lazarillo. 

Desde entonces, desde que por primera vez se jugó a las  escondidas en la tierra… 

…El amor es ciego y la locura siempre lo acompaña…

 

Category: amor | Tags:
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